sábado, 12 de marzo de 2016

Últimas palabras

Publicado por Sara Barceló El sábado, 12 de marzo de 2016
Trato de pedir clemencia al implacable Chronos a las puertas del corredor de la muerte, pero las paredes me susurran que ya es tarde. Para variar, siempre tarde. Nunca confié en Dios, y por supuesto no aspiro a su divino perdón, por lo que mi única redención son estas últimas palabras escritas con la tinta de mi aorta. Palabras, las únicas que jamás juzgaron ni juzgarán mis actos.

Nunca quise hacerlo, lo juro, pero quizás no tuve otra salida. Quizás fue la propia vida con su rutina magnicida la que demencial y paulatinamente me obligó a acabar con ella. Nunca le había tenido aversión, rencor ni odio; y ningún lúgubre sentimiento se atisbaba en mi inocente y nívea alma. Al principio me encantaba su risa, ingenio y esa timidez emparedada en su firme fachada. Podría decirse que incluso la quería.

Sin embargo, poco a poco la soledad fue acaparando mis despertares y noches, y comencé a detestar hasta el más ínfimo detalle de su persona. En las ruinas de lo que un día fui, aún se puede encontrar entre escombros mi cordura.

Y no, no me resistí. Me dejé acariciar por el adictivo tacto de la tristeza, y basé mi dieta durante mucho tiempo en melancolía, misantropía y miedo. El tic tac mermaba cada vez más mi razón, y taladraba en ella sin cesar la idea de su muerte. Lento y dulce perecer.

Cruel broma del destino que un buen día se cruzase conmigo, cuchillo en mano. Pero esta vez no lo empuñaba solo yo: Inseguridad, Temor, Depresión y Desamparo estaban de nuevo a mi lado.

Entre todos, rozamos su gélida tez. Nunca imaginé que esa caricia metálica fuese tan placentera. Jamás sospeché que la calma llegase a nublar mi mente mientras mi esquizoide yo penetraba su piel. 

Mira al espejo.

¿Qué ves?

Las fuerzas que me quedan tan solo me permiten distinguir un cuerpo que llora. Y de repente todo arde, y se burla de mí hasta mi ensangrentado reflejo.

¿Acaso su piel no era la mía?

El fluir martillea mis oídos hasta que solo intuyo la esperanzadora voz de un ángel caído. Inmortal. Etérea, por primera y última vez.

Sin prisa, me alejo vestida de rojo escarlata hacia el paredón de sombras, dejando escapar esta confesión de la cárcel de mis labios y dispuesta a pagar el castigo que yo misma, algún día, me impuse.

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