domingo, 9 de diciembre de 2012

Ciudad bajo el lago

Publicado por Francisco Berral González. El domingo, 9 de diciembre de 2012

Era propio del lago quedar abrazado por una fina bruma los últimos meses del año. Algunos pescadores como David conocían este hecho, pero estaban lo suficientemente curtidos para navegar por sus aguas sin problema y sin temor alguno. El lago era muy extenso por tanto sería fácil perder la tierra de vista si uno se descuidase y navegase hacia el centro. La barca de David estaba construida de una robusta madera marcada por cicatrices de diversos viajes por ese mismo lago, en ella siempre llevaba algo de comer, un libro de poesía y por supuesto su equipo de pesca.
David era considerado por muchos el más ávido pescador de los alrededores, alcanzando presas de grandes tamaños y luchando contra ellas con una sagacidad y astucia magnificentes, no había pez que se le resistiese.
Las plateadas aguas del lago estaban perfumadas por el frío invernal y cuando David se asomaba a ellas desde su sólida barca parecía ver reflejadas en estas el retrato viviente de diversas personas: bellas mujeres desnudas mostrando una tez tan pálida como la leche y tan frágil al tacto como la débil porcelana, niños riendo que corren entre campos de dorado y alto centeno que les impide ver que hay más allá, parejas besándose en las oscuras alamedas cuyos árboles coronados con el fuego del otoño parecen arder al son de sus lenguas batallando.
Todas estas imágenes resultaban hermosas, eran más poéticas que cualquier verso del libro de poesía que siempre llevaba consigo, de hecho en las últimas páginas vacías, David solía escribir algunos versos sobre sus días en el lago y les parecía más brillantes que todos los que había en el libro, pues el creía que los suyos estaban vivos y en movimiento mientras que los otros, ya presos y olvidados, habían muerto de hambre en aquellas rejas que eran las páginas.
Una de las técnicas de David era tirar comida al lago cada día a la misma hora durante algún tiempo y luego un día inesperado echar la caña y contemplar como los peces pican. Aquel día, tocaba echar la caña, pues ya había alimentado a los peces durante sucesivos días, ya estaban lo suficientemente confiados como para morder el anzuelo sin observar el cortante gancho que se cernía en él.
Y tras haber tirado la caña, David se tumbó en la barca con sus brazos cruzados contemplando el cielo y por un momento reflexionó ¿De quienes eran esos rostros que el imaginaba en las aguas del lago? ¿Sería el cielo un lago y alguien le observaría también y creería imaginar su rostro? Desde luego, las nubes plateadas dotaban al cielo de un color plomizo similar al del triste lago ¿A qué se dedicaba? Tiraba anzuelos y cuando una de esas criaturas picaba, él tiraba de la caña y lo capturaba, para luego abrirlo en canal y devorarle ¿Acaso era muy distinto del mundo real? Se imaginó que la superficie del lago era el cielo y que bajo él existía una ciudad hambrienta que él mismo alimentaba, sus cebos bajaban por el cielo y sin estar sujetos a ninguna parte, como flotando en el aire, atraían a aquellos pobres moribundos que lo mordían ansiando no morir por las afiladas garras del hambre ¡Qué cepo tan brutal era la ignorancia! ¡Y la codicia! ¡Y el hambre! Cuan parecido era el mar a la tierra, cuan parecido era él a un verdugo, cuan reales eran los cebos que él lanzaba…
De repente mientras observaba el cielo que a él ya se le antojaba un mar, un pez picó y tiró de la caña sacándolo sin demasiado esfuerzo. Era una trucha propia de lago, la contempló, agitándose con violencia sobre la barca, salpicando leves gotas de agua, luchando salvajemente por su vida y se preguntó si él lucharía igual, si realmente le importaba algo más allá de su barca y de sus versos que ya no le parecían vivos sino tan muertos como él… Y agarrando la trucha la volvió a echar a aquel lago que tanto le había enseñado.

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